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Los Barrotes femeninos en Chile

Herberto es el bar tender del Hotel Intercontinental en Santiago, Chile. Tiene 76 años y viene realizando esta labor desde hace 60. “La gente que viene aquí piensa que soy un bar tender”, me dice mientras va llenando mi copa, “pero se equivoca. Yo soy un contador de historias”.

El patio 1 de la prisión femenina de San Joaquín reúne a las más duras. No es extraño entrar ahí y encontrarse al diablo dando vueltas en círculo por los pasillos. Las mujeres están todas voladas. Seguramente aspiraron algo antes de entrar y caminan una tras otra en círculos y por horas.

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Menos mal que la vida me ha enseñado a olvidar -me dice Herberto- porque el olvido es parte de la historia. Si uno no olvida, muere po

No hay uniformes en esta prisión que alberga a unas 700 mujeres. Lo único uniforme es el contexto que las llevó ahí. “Vengo de un barrio pobre donde la droga es quien manda. Si uno lo le hace caso, no sobrevive”, asegura Rosario.

La casa de Carola queda en un barrio cuico de Santiago, como dirían los chilenos. Para entrar hay que pasar por varias rejas de seguridad. “Nuestro gobierno está haciendo mucho por las mujeres pobres en Chile. Tenemos varios programas y subsidios. En este país, menos del 10% de la población carcelaria, son mujeres”, me dice con orgullo.

Chile tiene una de las poblaciones carcelarias más altas de Latino América. Es cierto que las que menos son mujeres, pero mientras existan mujeres en prisión existirán más hombres privados de su libertad.

Hace 13 años que estoy presa. Caí por robo”. Rosario es una de las mujeres que dan vueltas en círculos en el patio 1 de la única prisión en Santiago. La vida de Rosario es representativa de la vida de la mayor parte de mujeres que hoy comparten las celdas frías de esa prisión. “Crecí en un hogar para niños. A los 7 años apareció una mujer que decía ser mi madre. Me fui a vivir con ella. Su marido me abusó

Estoy cansada. Hace 3 días que llevo visitando las instalaciones de esta prisión. Quiero volver a casa y olvidarme de todo lo que he escuchado. Como dice Don Herberto, “si uno no olvida, muere po”.

En todos estos años he escuchado tantas historias y solo le digo una cosa niña, no hay nada que el alcohol no pueda ayudar a olvidar. Cada vez que me cuentan una pena, yo se las resuelvo con un par de copas bien servidas”, ríe el chileno.

Entrar a la fase Cuna de la prisión de mujeres es, sin duda, una de las peores cosas que uno puede hacer en su vida. En Chile, las mujeres privadas de su libertad tienen el derecho de tener a sus hijos con ellas hasta que estos cumplen los 18 meses.

Son las 6 de la tarde y se cierran las celdas de la fase cuna. De los barrotes cuelgan las manos pequeñitas de casi 19 niños.

Volví a la casa hogar pero por poco tiempo. Decidí fugarme e irme a la calle”. Rosario pasó cinco años de su vida durmiendo en estaciones de trenes, en guaridas, en los pasillos de hospitales, en donde la noche le encontrase. Tenía 7 años.
“Fue divertido porque habían otros cabros como yo. Todos metíamos la nariz en pegamento y así nos quedábamos dormidos. Vivíamos drogados, po. Al día siguiente volvíamos al trabajo”.

En este país un ex interno tarda de dos a cinco años en recibir la anulación de sus antecedentes penales. La reincidencia en mujeres es de más del 40%. “Estamos llevando a cabo programas de reinserción que están funcionando”, me dice Carola, mientras levanta su taza de café y la saborea en su hermosa casa de Las Condes.

Rosario quedó embarazada a los 12 años. “Él tenía 10 años más que yo y era un adicto a la pasta básica. Lo conocí en la calle. Me llevó a su casa para estar más protegida

Qué ha sido lo más duro que ha escuchado, Don Herberto?
Que le puedo decir niña. La gente que viene a este hotel a pedirse un trago, sufre. Cuando yo les escucho yo sufro por ellos y sufro porque me doy cuenta que su sufrimiento es tan estúpido…”.

Mañana salimos hacia Quito, Ecuador. Estaremos filmando uno de los aeropuertos más modernos de Latino América. Atrás quedarán las horas en San Joaquín, las historias que espero pronto olvidar.

Tuve a mi niña, po. Me gustaba ser madre porque podía jugar a vestirla – y cómo no, tenía 12 años – pero claro, tuve que volver a trabajar porque el padre no traía plata, siempre estaba drogado, así que volví a la calle, pero no crea que sola po, siempre con mi nena. Me la colgaba al hombro y así trabajaba
Y, ¿en qué trabajabas, Rosario?
“Cómo que en qué trabajaba? Robando po. Ese era mi trabajo”.

Más del 50% de la población carcelaria de mujeres no ha terminado la escuela primaria. 9 de cada 10 mujeres tienen a algún familiar preso. La cárcel es un espacio común, un lugar familiar como lo puede ser un parque para cualquiera de nuestros hijos.

Está en boga este nuevo modelo de rehabilitación que un par de canadienses elaboraron hace algunos años:  “Todos podemos rehabilitarnos. La mente es moldeable y las actitudes pueden modificarse”, me comenta Rodrigo, un psicólogo especializado en modelos de reinserción y rehabilitación en cárceles y que hoy se encuentra elaborando un Nuevo modelo de rehabilitación para las mujeres presas de Chile basado en lo que estos dos canadienses formularon.

“Y, dígame una cosa Rodrigo, con este modelo, ¿cuantos asegura rehabilitar?”
“A ver, que esta no es una fórmula mágica. La evidencia indica que el 25% de quienes sigan este modelo podrán rehabilitarse y reinsertarse en la sociedad”, me contesta.

Rosario tiene 27 años, 14 de los cuales los ha vivido en prisión.
Qué es el amor para ti, Rosario? Le pregunto.
El silencio es una forma válida de respuesta.

“El problema niña, es que nadie sabe escuchar – me dice Herberto – y mientras no sepamos escuchar, no aprenderemos jamás lo que es saber contar, por eso digo que yo no soy un bar tender, yo soy un contador de historias porque sé escuchar”

Y Don Herberto – le pregunto – ¿qué voz tiene el silencio?

“uy niña, la voz del silencio es temeraria”, me contesta.

Actualmente Chile gasta alrededor de 600 millones de dólares al año en el sistema penitenciario. “La sociedad tiene que entender que si no le da una oportunidad de trabajo a estas mujeres, entonces terminarán reincidiendo, y esa reincidencia le cobrará más dinero al estado. Si nosotros logramos que estas mujeres no reincidan la sociedad dejará de gastar en ellas”, me dice Carola.

En estos 14 años de prisión, Rosario entró y salió de la cárcel 5 veces. “Pero Rosario, dime una cosa, ¿y es que nunca intentaste encontrar un trabajo normal? Por qué seguías robando si sabías que terminarías presa?”

Debo confesar que hice esta pregunta sabiendo la respuesta pero lo hice porque quería volver a escuchar lo que todos ya sabemos, lo que la sociedad ya sabe y como dice Herberto, no quiere escuchar.

“Porque nadie te da trabajo. Porque te ven que tienes antecedentes penales y creen que eres un monstruo, porque te cierran las puertas en tu cara, porque hay que seguir comiendo, porque tenemos hijos, porque a nadie le importa, ¿se da cuenta de lo que le digo?
El silencio, una vez más, entra galopante. Un silencio que duele. Un silencio temerario que duele.

Las mujeres se acercan al delito desde un espacio distinto al del hombre. El vínculo con este, es siempre emocional. Se enamoran del equivocado, repiten lo equivocado, acatan lo equivocado.
Mientras que el hombre se acerca al delito desde la adrenalina y la búsqueda del poder y del estatus, la mujer lo hace desde la necesidad.

Yo le digo una cosa- me dice Rosario, molesta – En la cárcel de hombres, las filas de visita son hechas por mujeres. En la cárcel de mujeres, la filas de visita, son hechas por niños”. Rosario no puede evitar mostrarme su enfado. Rosario es violenta. Rosario odia.

No puedo más. ¿Qué es el amor para ti?, le vuelvo a preguntar.

No lo sé -me dice, llorando – No lo sé”.

Don Herberto, me sirve otra copa? – claro que si niña, pero usted se ve cansada, ¿qué vino a hacer a Chile?

No lo sé, Don Herberto. No lo sé.

¿Cuántos años llevas presa? – 3 – ¿Cuántos hijos tienes? 2
¿Cuántos años llevas presa? – 4 – ¿Cuántos hijos tienes? 4
¿Cuántos años tienen tus hijos? 3 y 7. ¿Cuántos años te quedan aqui? 7

Cuantos años? Cuantos hijos?, Cuántos años? Cuántos hijos?…

En el penal de San Joaquín, las mujeres no llevan uniforme. Lo único uniforme es el barrio en el que nacieron, la pobreza que sobrevivieron, un sistema escolar que las abortó, un lenguaje de violencia, el alimento de la droga, la tristeza, el amor que no saben explicar.

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Mientras existan más mujeres en prisión existirán muchos más hombres privados de su libertad. Estas mujeres dejan niños solos que los educa aquello único uniforme que comparten: la pobreza, la miseria, el dolor. Hijos que serán pronto hombres que ocuparán las cárceles.
Y luego nos preguntamos el por qué.

Rosario se despide. Sueña con volver a casa. Sueña con su hija de 13 años. Odia la pobreza. A medida que va caminando le veo la cara al diablo, el mismo que desde hace horas da vueltas en círculo por estos pasillos, los pasillos del patio 1 del penal de San Joaquín.

 

Fotografías cedidas para este artículo por Paula Corzo

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Paula Corzo

Paula Corzo

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